"YO ESCUCHABA CADA NOTA "

Este texto de Julio Cortázar (“El perseguidor” en Las armas secretas), a propósito de un músico de jazz, Charlie Parker,  roza la textura del tiempo, aunque, creo, habla más de lo que ocurre (de su efecto “ascensor” frente al efecto “métro”), cuando se penetra:

«[…] Te estaba diciendo que cuando empecé a tocar de chico me di cuenta de que el tiempo cambiaba. Eso se lo conté una vez a Jim y me dijo que todo el mundo siente lo mismo, y que cuando uno se abstrae…Dijo así, cuando uno se abstrae. Pero yo no me abstraigo cuando toco. Solamente que cambio de lugar. Es como en un ascensor, tú estás en el ascensor hablando con la gente, y no sientes nada raro, y entre tanto pasa el primer piso, el décimo, el veintiuno, y la ciudad se quedó ahí abajo, y tú estás terminando la frase que habías empezado al entrar, y entre las primeras palabras y las últimas hay cincuenta y dos pisos. Yo me di cuenta cuando empecé a tocar que entraba en un ascensor, pero era un ascensor de tiempo…»

«[…] la cuestión es que yo había tomado el métro en la estación de Saint- Michel y en seguida me puse a pensar el Lan y en los chicos, y a ver el barrio. Apenas me senté me puse a pensar en ellos. Pero al mismo tiempo me daba cuenta de que estaba en el métro, y vi que al cabo de un minuto más o menos llegábamos a Odéon, y que la gente entraba y salía. Entonces seguí pensando en Lan y vi a mi vieja cuando volvía de hacer las compras, y empecé a verlos a todos, a estar con ellos de una manera hermosísima, como hacía mucho que no sentía. Los recuerdos son siempre un asco, pero esta vez me gustaba pensar en los chicos y verlos. Si me pongo a contarte todo lo que vi no lo vas a creer porque tendría para rato.[…] Si te contara todo lo que les vi hacer a los chicos, y como Hamp tocaba save it, pretty mamma y yo escuchaba cada nota, entiendes, cada nota, y Hamp no es de los que se cansan, y si te contara que también le oí a mi vieja una oración larguísima, donde hablaba de repollos, me parece, pedía perdón por mi viejo y por mí y decía algo de unos repollos…Bueno, si te contara en detalle todo eso, pasarían más de dos minutos […]








Pasaría un buen cuarto de hora, eh, Bruno. Entonces me vas a decir cómo puede ser que de repente siento que el métro se para y yo me salgo de mi vieja y Lan y todo aquello, y veo que estamos en Saint-Germain-des-Prés, que queda justo a un minuto y medio de Odéon. […]

Apenas un minuto y medio por tu tiempo, por el tiempo de ésa (…). Y también por el del métro y el de mi reloj, malditos sean. Entonces, ¿cómo puede ser que yo haya estado pensando un cuarto de hora […]?¿Cómo se puede pensar un cuarto de hora en un minuto y medio? […]

Y después me ha vuelto a suceder, ahora me empieza a suceder en todas partes. Pero –agrega astutamente- sólo en el métro me puedo dar cuenta porque viajar en el métro es como estar metido en un reloj. Las estaciones son los minutos, comprendes, es ese tiempo de ustedes, de ahora; pero yo sé que hay otro, y he estado pensando, pensando…

[…] Si yo pudiera solamente vivir como en esos momentos, o como cuando estoy tocando y también el tiempo cambia…Te das cuenta de lo que podría pasar en un minuto y medio…Entonces un hombre, no solamente yo sino ésa y tú y todos los muchachos, podrían […]

J. Cortázar: Las armas secretas. “El perseguidor”, en Cuentos completos, Alfaguara, Madrid, 1998. pp. 230, 2, 3.


Imagen: NicoschimKus