El lenguaje de la naturaleza. Comunicación entre organismos vivos.

¿Cuánto hemos aprendido del lenguaje de la naturaleza? ¿Cuánto hemos olvidado? ¿Cuánto nos queda por aprender?

Mushrooms become ballerinas, and fungi connects us to the entire universe beneath our feet. (Louie Schwartzberg)
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El lenguaje de la naturaleza: la danza de las setas

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BELLEZA

¿Qué es la belleza? ¿Es algo intrínseco al objeto aprehendido  por los sentidos o depende exclusivamente de la persona que lo percibe?  ¿Podemos hablar de LA belleza o debemos conformarnos con hablar de (LO) bello?  Los cirujanos plásticos defenderían la primera opción, Tomohiro Ishizu y Semir Zeki, en “Toward a Brain-Based Theory of Beauty“* , se inclinan por la segunda,  la que hace cierto el aserto latino: “De gustibus non est disputandum, arrojando a la belleza al terreno de lo subjetivo y vinculándola a cada individuo, a un momento y a un lugar precisos. De este modo, según estos mismos investigadores, factores como la cultura y la educación recibida pasarían a tener una importancia diferente de la que se les asignaba hasta ahora al hablar de la belleza. La base de su propuesta está en que han encontrado que cuando una persona considera que algo es bello se activa una zona de su cerebro conocida como corteza orbitofrontal medial (COFm/en inglés mOFC) y que (y esta es la clave de su razonamiento) esta zona se activa en cada individuo ante estímulos visuales y auditivos diferentes, es decir, en unos al escuchar a Mozart y en otros al escuchar un concierto de rock duro, por poner un ejemplo. Así que no habría algo llamado “belleza”, algo que se manifestaría en forma de armonía, ritmo, equilibrio, o factores como estos, con los que se la ha relacionado tradicionalmente. Lo bello sería algo que atribuimos a los objetos independientemente de sus características objetivas

Cierto es que el estudio de estos investigadores nos permite hablar del “concepto de belleza”, considerarlo como un constructo que puede ser medido y objetivado, al informarnos de que hay un lugar del cerebro que se activa al percibir algo que nos parece bello, es decir, el constructo tiene una correspondencia unívoca en nuestro cerebro. Sin embargo, no creo que se pueda reducir el asunto a una mera cuestión subjetiva solo por el hecho de que en cada individuo esa zona se active por estímulos diferentes.  Este interesante descubrimiento me recuerda dos cosas, la primera, carente de interés para la ciencia, imagino, es “el tercer ojo” de los orientales; la segunda, el caso de Phineas Gage cuyo accidente le produjo problemas de conducta al lesionarle precisamente esta zona del cerebro. Este último caso me lleva a reflexionar sobre el hecho de que la cuestión relevante no sería tanto preguntarse dónde “está”  la belleza, si dentro o fuera del individuo,  sino ¿por qué “está” allí (sería más apropiado decir por qué se “refleja” allí) , en esa zona del cerebro, y no en otro lugar del mismo? Identificar el “lugar” en el que se produce un fenómeno con el fenómeno mismo es algo así como confundir la inteligencia con el cerebro o, por poner un ejemplo prosaico (y desgraciadamente muy de actualidad), identificar el “banco” con el edificio de la esquina. Más adecuado, pues, sería preguntarse: ¿qué procesa esa zona del cerebro para que se active cuando consideramos que algo es bello? ¿Qué implicaciones tiene dicha activación?

Creo que, a pesar de que activen esa zona estímulos aparentemente opuestos como los propuestos, todavía podría ser posible encontrar elementos comunes a ambos que explicarían por qué la activan. Si consideramos más de cerca sus funciones (véanse entre otros los trabajos  de A. Damasio y J.M. Fuster), encontramos que la corteza orbitofrontal medial se ha relacionado con la toma de decisiones y la formación de expectativas, con la planificación de la conducta,  con la monitorización, el aprendizaje y el recuerdo del valor de recompensa de los reforzadores. Se ha propuesto también que desempeña un papel en la mediación subjetiva de la experiencia hedónica, en la integración sensorial y en la representación del valor afectivo de los reforzadores.  Así que, por lo que parece, sí habría factores objetivos implicados (premio, castigo, placer, etc.) que, además,  nos llevarían al terreno de la ética al relacionar directamente lo bello con conductas aceptables e inaceptables, y también del hedonismo (filosofía de vida entre los humanos y tendencia innata en los seres vivos, que tiene un alto valor para la supervivencia, a pesar de que no tiene ningún prestigio moral en nuestra cultura, fundamentada en el sufrimiento, al que se relaciona con lo aceptable moralmente e incluso “rentable” -aunque haya que esperar “a la otra vida” en la mayoría de los casos-), al valorar ciertos comportamientos como recomendables, deseables.  Lo bello sería así todo lo que nos hace esperar cosas buenas y deseables para nuestra vida.  Las diferentes valoraciones que cada cual hace de los diversos estímulos, considerándolos bellos o no,  se explicarían en función de las distintas experiencias vitales así como por el aprendizaje de cada individuo y lo que considera deseable o no, sus expectativas, sus valores, etc.


¿Aunque, vaya, me asalta la duda… porque si esto me parece más o menos claro en un nivel humano, si pienso en una tormenta, por ejemplo, a pesar de su potencial destructivo creo que me parecería hermosa, incluso hermosísima, aunque, desde luego, sería premisa indispensable para ello no estar a su merced. ¿Será porque lo relaciono con el arte, aunque este no sea siempre bello, como puso de relieve Duchamp con “La fontaine” o Goya, mucho antes? ¿Será una especie de sublimación? ¿Será que la corteza orbitofrontal posee otras funciones todavía por descubrir? ¿Será…? No sé…ay, no sé.

La belleza ha ocupado a grandes pensadores, entre los que basta citar a Kant o Leonardo Da Vinci para dar una idea de la envergadura de su importancia y complejidad. Ishizu y Zeki han cargado más la tinta en el aspecto subjetivo, bajándola del panteón de las “ideas”, haciéndola más humana, hecho que ha ayudado, creo, a plantear un cambio de perspectiva que, si no preciso del todo, en mi opinión,  amplía, sin ninguna duda, el campo de observación. Así pues, a mi modo de ver, el elemento subjetivo no puede descartarse, está presente, condicionado por el aprendizaje previo de cada individuo y su experiencia directa o vicaria con el objeto, pero no pueden descartarse los valores objetivos del mismo, por cuanto tienen un valor, objetivable, relacionado con la supervivencia, si hemos de prestar atención al hecho señalado arriba de que ese “criterio” o “sentimiento” o “emoción” que llamamos “belleza” se refleja en una zona del cerebro (la zona orbitofrontal medial (COFm) en la que decidimos la conveniencia o no de nuestras acciones, después de escuchar a nuestro cerebro emocional, como ha puesto de relieve A. Damasio,  a partir de un estudio detallado del “caso Phineas Gage”. Lo bello existe, eso parece demostrado por Ishizu y Zeki (se “ve” en el cerebro) y, seguramente, cada vez estamos más cerca de saber con exactitud por qué algunas cosas nos parecen bellas y otras no y por qué el consenso muchas veces es universal y por qué no siempre es así. Y, tal vez, finalmente  la respuesta esté en una interrelación de factores tanto subjetivos como objetivos sin que sea posible separarlos.

Por asomarme al otro polo del continuo, la fealdad, si comparamos nuestra respuesta cerebral ante lo feo, curiosamente esta no se produce en la corteza frontal (con lo que para nuestro cerebro serían respuestas de diferente nivel jerárquico, con diferentes significado y valor adaptativo), sino en zonas más primitivas en el desarrollo filogenético, y más directamente relacionadas con respuestas automáticas (aspecto importante) de supervivencia, como son la amígdala,  que daría un valor emocional, negativo en este caso, al estímulo, y la corteza somatomotora izquierda que controlaría los movimientos del cuerpo para dar respuesta al estímulo aversivo. Lo que, aunque a un nivel más primitivo,  más automático, menos reflexivo y elaborado, vincularía también lo feo con la conducta y la moral.

 

 

Y mientras esperamos a los cyborgs de Warwick (¿llegarán? ¿no llegarán?) y sus capacidades telepáticas (¿podremos evaluar entonces el nivel ético de un político, por ejemplo, al observar qué estímulos iluminan su COF? ¿Veremos expuesta sin remedio nuestra intimidad ético-estética sin posibilidad de refugio? Si la primera posibilidad parece deseable, la segunda es altamente inquietante.  Mientras esperamos, digo,  me quedo a soñar cómo sería un mundo en el que en lugar de dinero y poder se buscara belleza, acompañada de L.E. Aute y su iluminada canción “La Belleza”. De paso, a ver qué se me ocurre para poner mi granito de arena y hacer de este mundo un lugar más (revolucionariamente) bello, que ilumine la COF de los que la tienen “apagada”  ;).
Míralos, como reptiles,
Autorretrato de L.E. Aute

al acecho de la presa,

negociando en cada mesa
maquillajes de ocasión;
siguen todos los raíles
que conduzcan a la cumbre,
locos por que nos deslumbre
su parásita ambición.
Antes iban de profetas
y ahora el éxito es su meta;
mercaderes, traficantes,
mas que nausea dan tristeza,
no rozaron ni un instante la belleza
*Artículo visto en: thoughts on thoughts
Imágenes: wikipedia
Autorretrato de L.E. Aute: web